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LAS
LOCURAS DEL ROCK
Los
astros del rock mundial no sólo compiten en fama y en dinero...
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MANAGERS,
SE NECESITAN...
Antes,
un artista depositaba todas sus esperanzas en el ingenio de su representante...
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EL DIA QUE VI A PINK FLOYD
Cuando se anunció la venida de Roger Waters a Chile, tuve
sentimientos encontrados. Por un lado me sentí feliz porque sé perfectamente
quién es este señor y por otro lamentaba que no vinieran con él, Gilmour,
Mason y Wright. Sería como ver a Mark Farner, pero no a Grand Funk, o
a los Creedence, sin John Fogherty. Por mis aventuras profesionales, he
tenido la suerte de ver en vivo a Queen, Yes, Deep Purple, AC/DC, Peter
Gabriel, Sting, Jethro Tull, Iggy Pop, Ramones, Paul Mc Cartney, Kiss,
Black Sabbath, Aerosmith, Rolling Stones, Ozzy Osbourne, Status Quo, Rick
Wakeman, Creedence, Joe Cocker, Emerson Lake and Palmer, Mark Farner de
Grand Funk, Alice Cooper, David Bowie y Eric Clapton, entre otros clásicos
del rock. Llegué a pensar que ya nada me motivaría suficientemente como
para ver en vivo, con excepción de Frank Zappa y Pink Floyd. Lamentablemente,
un cáncer a la próstata se llevó a Zappa antes de que yo tuviera la ocasión
de asistir a uno de sus increíbles conciertos, algunos de los cuales dejó
registrados en video para suerte de quienes lo admiramos. "Sólo me queda
Pink Floyd"", pensé en ese momento. Y recordé que ya no estaban juntos,
que Waters se creyó imprescindible y quiso ponerle la lápida al grupo
con "The Final Cut", pero Gilmour y Mason se unieron y le dieron la pelea.
La verdad es que me alegré cuando demostraron que podìan seguir adelante
sin Waters, con el lanzamiento de "A momentary Lapse Of Reason". Lo único
que siempre me ha apestado es que el tecladista, Richard Wright, uno de
los fundadores y pieza fundamental en el concepto sonoro del grupo, se
haya transformado en "músico invitado", por estas triquiñuelas legales
que convirtieron a Mason y Gilmour en los "dueños" de la marca Pink Floyd.
Pero así son los negocios, dicen. No fueron pocos los que apostaron por
la desaparición de Pink Floyd cuando partió Roger Waters. Bueno, no iba
a ser fácil sacarse de encima el sello de Waters, marcado a fuego gracias
a su derroche creativo con discos como "El Lado Oscuro de la Luna", "Wish
You Were Here" y "The Wall". Pero lo mismo pasó cuando en1968 tuvieron
que echar a Sid Barret para reemplazarlo
por Gilmour. Barret era el genio, el líder, cantante y compositor, pero
se le pasó la mano con la degustación de ácido lisérgico y no bajó más
de su vuelo. Los productores discográficos sabían que Barret estaba loco,
pero se oponían a dejarlo afuera. Y en esa ocasión, muchos pitonisos se
la jugaron por la caída de Pink Floyd. Pero ya ven, la banda ha seguido
vivita por más de treinta años.
NI TAN VACA
Tengo que confesar que apenas se confirmó que Roger Waters se presentaría
en el Estadio Nacional el 5 de marzo del 2002, me estremecí. De pronto
me vi como un ansioso fan y no como un obrero del periodismo musical.
Pero bueno, esto era lo más cercano a cumplir mi sueño de ver a Pink Floyd
en vivo. A partir de ese momento empecé a justificarle todo a Waters.
Ya no le critiqué que hubiera tratado como las uéas al tecladista Richard
Wright, que se acabronara con las letras y la música, que se convirtiera
en el dictador del grupo y que se mariconeara al abandonarlos. Ahora le
busqué su parte positiva. "¡Chucha!, los mejores temas del repertorio
Floyd son de este compadre", me dije. Tal vez su mayor pecado fue creerse
demasiado el cuento con el éxito de su monumental obra, The Wall, y pecó
de soberbia. Pero mirándolo con buenos ojos, ¡había 2 Pink Floyds!
¡¡ERAN ELLOS!!
El día del concierto, me junté con mi amigo, Aldo Plaza, a las siete de
la tarde. ¡Cuándo había hecho eso! Siempre llegaba unos minutitos antes,
con mis respectivas credenciales de prensa rompiendo filas. No, esta vez
aperraba como el más fanático y corrí y me atropellé con otros locos,
con tal de encontrar un asiento y una ubicación más o menos decente en
la galucha. Dos horas de espera, sapeándolo todo, desde los compadres
que burlaban a los pacos y se pasaban desde la galería hacia la cancha,
hasta las bondades técnicas que saltaban a la vista. Torres de parlantes,
dispuestos en semicírculo hasta el otro arco, los que por supuesto anunciaban
un sonido perfecto, dos pantallas de alta resolución ubicadas a los costados
y una gigantesca, a todo lo ancho y alto del escenario. Cuando se apagaron
las luces, nos salió un ¡Ahhhhhhhhhh!, desde el alma. La gran pantalla
empezó a mostrar los martillos cruzados, fundidos con imágenes de la película
The Wall. Y con los primeros acordes, los rostros de cada uno de nosotros
demostraban claramente que esas eran las lucas mejor pagadas de nuestras
vidas. ¡¡Estábamos viendo a Pink Floyd en vivo!! Cada nota, cada efecto,
todo me sonó a Pink Floyd. Tal vez se compraron los mismos instrumentos,
las mismas pedaleras de efectos, las mismas marcas de equipos, no sé,
pero yo escuchaba a Pink Floyd. Creo que el viejo zorro de Waters se dio
maña para que los fanáticos no echáramos de menos a Gilmour,
Wright ni a Mason. Y lo consiguió mejor de lo imaginable. No faltará el
que opine que el saxofonista arrugó en sus solos o que Snowy White, el
guitarrista que emuló a Gilmour era más feo y tenía menos feeling. Pero
nadie podrá negar que en esas tres horas, el espíritu que Sid Barret le
imprimió a Pink Floyd no estuvo presente. Ahora, este Cuervo se puede
morir tranquilo.
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